| Revista Peruana de Epidemología
- Vol. 8 Nº 2 Julio 1995 |
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EL HOSPITAL LA CALETA DE CHIMBOTE. 1945-1995
Quirós, Carlos*
* Profesor emérito de la UNMSM, consultor internacional y ex-ViceMinistro de
salud.
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| Rev. Perú Epidemiol. 1995; 8 (1): 57-60 |
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El 15 de mayo de 1995, el hospital La Caleta de Chimbote cumplió medio siglo de
fundado. Fui testigo de excepción desde los inicios de su construcción y, luego, por
haberlo puesto en funcionamiento, ya que he sido su primer Director. Escribo estas líneas
evocativas no sólo porque marcaron un hito en mi vida profesional y familiar; sino, sobre
todo, porque es un hospital con historia, aún insuficientemente conocida.
A partir de la década del 40, el
gobierno decidió desarrollar la cuenca del río Santa, mediante la constitución de la
Corporación Peruana del Santa, a semejanza de la Tennesse Valley Authorization de los
Estados Unidos de América. La idea original consistió en el desarrollo de la industria
siderúrgica con la construcción de la Central Hidroeléctrica del Cañón del Pato y la
utilización de las minas de carbón de La Galgada. Para concretar dicha idea se iniciaron
las obras de construcción del muelle carbonero, de La Caleta, los Altos Hornos y demás
instalaciones. (En esa época se ignoraba la utilización industrial de la anchoveta que
convirtió a Chimbote en el primer puerto pesquero del mundo).
A esas medidas internas se sumó un
acontecimiento externo: el ataque japonés a la flota americana en Pearl Harbor, en
diciembre de 1941, y el bloqueo al acceso a las fuentes de materias primas de interés
bélico como la quina, el caucho, etc. De esta manera, el teatro de operaciones de la
Segunda Guerra Mundial se extendió de Europa al Pacífico, América Latina y, en
particular, la costa del Pacífico donde está situado el Perú, se convirtió en una zona
de importancia estratégica para los Aliados.
Por eso los Estados Unidos convocaron una
Reunión de Cancilleres de las Américas, en Río de Janeiro, la que instituyó el llamado
Tratado de Asistencia Recíproca (TIAR). Ahí se acordó -entre otras cosas- establecer
programas cooperativos de asistencia técnica y financiera en las zonas de interés para
la producción de materias primas o de posible localización de bases aero-navales. Casi
todos los países de América latina firmaron convenios con EE.UU. para organizar y poner
en funcionamiento los llamados Servicios Cooperativos en los sectores de la salud,
educación, agricultura y empleo; con el fin de mejorar las condiciones sanitarias y
niveles de vida de la población.
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El Dr. Carlos Quirós, primer director del
Hospital, en el acto inaugural. Se dirige a Manuel Prado Ugarteche, Presidente
Constitucional de la república, y demás autoridades. El presidente es el de la pose más
distinguida entre los personajes sentados (Chimbote, 15 de mayo de 1945). |
Así se originó en el campo de la
salud este tipo de programa tanto en la Amazonía como en el puerto de Chimbote. Puerto
que, por la configuración de su bahía y posición geográfica, se adecuaba a la
instalación de una base naval; pero carecía de elementales servicios sanitarios (agua y
alcantarillado) y debido a las lagunas que lo rodeaban, tenía altos índices de
morbi-mortalidad por Malaria.
En esa época, y al término de mis
estudios profesionales, me incorporé al Servicio Cooperativo de Salud Pública; entidad
que me contrató para trabajar en Chimbote con la finalidad de participar en la
evaluación de la construcción del hospital, los servicios de agua y alcantarillado, y la
desecación de las lagunas.
Llegué a Chimbote el 5 de abril de 1943.
Dicha ciudad contaba, según el censo de 1940, con 4,500 habitantes. Sin embargo, como ya
la Corporación había comenzado la desecación de los pantanos y a construir el nuevo
muelle, los altos hornos, algunas viviendas y los servicios de saneamiento; la población
había crecido a unos 10,000 habitantes, ocasionando un déficit de vivienda y la
consiguiente aparición de los barrios marginales.
La Corporación, previendo el crecimiento
de la futura gran ciudad sobre la base de la industria siderúrgica, contrató un grupo de
arquitectos americanos y peruanos para que trazaran el plano urbano y delimitaran las
diversas zonas: industrial, residencial, comercial, recreaciones, etc. Este diseño fue
facilitado por el antecedente de un proyecto urbanístico de Enrique Meiggs, concebido en
la época que se construyó el ferrocarril de Chimbote a Huallanca.
Pero, como suele suceder en nuestro
país, no se respetaron los planes; empezando por el hospital de La Caleta. Fue construido
en plena zona industrial. Y se siguió la ejecución de otras obras en lugares
inapropiados, deviniendo en el caos que hoy podemos observar. El hospital fue edificado en
una de los lugares más bellos, en esa época, la tranquila Caleta, cerca al nuevo muelle,
frente a la isla Blanca y con unas playas de fina y limpia arena. Los ingenieros
americanos del Servicio Cooperativo, quedaron maravillados por el lugar, e iniciaron las
obras sin la autorización del Presidente de la Corporación, Sr. David Dasso, hombre
enérgico y con gran poder político. En una de sus periódicas visitas, Dasso encontró
la obra ya iniciada y con los cimientos puestos. A pesar de sus protestas, no pudo evitar
la imposición de los ingenieros y prosiguió la construcción.
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Hospital La Caleta de Chimbote en
el día inaugural |
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Perspectiva del hospital cuyo juego de luz y
sombra le confiere una belleza sugerente |
En esa época, la bahía
era de una belleza impresionante; playas limpias, y un mar tranquilo de incomparable
transparencia. De las islas que defendían la bahía, destacaba por su belleza la isla
Blanca. Todo lo cual se observaba desde el precario malecón. Este malecón tenía, en
algunos tramos veredas de tablones -rezagos de los tiempos en que Enrique Meiggs
construyó la vía férrea de Chimbote a Huallanca-, que le daba un aspecto similar a las
ciudades del Oeste americano; lo mismo, que la estación del ferrocarril y algunas casas
en el malecón y en la avenida Bolognesi y la plaza Grau, donde destacaba el antiguo
muelle.
Entre los principales establecimientos
comerciales figuraban el hotel de Salomón Levy, las tiendas de Rodríguez Sawo, Miguel
Mohana, Ghitis, la mercantil de Dn. Humberto Villanueva, la embotelladora de bebidas
gaseosas «La Ancashina» de Dajes y Kaufmann, el restaurante de Armijo y algunos chifas y
tres farmacias, las de Pomar, Dianderas y Farro. En cuanto a la prestación de servicios
sociales, estaba la llamada Asistencia Pública a cargo de un médico titular, funcionaba
en el Municipio en la Plaza principal, una Capilla de madera en la avenida Pardo, a cargo
del Párroco Moisés Chirinos, un servicio de alumbrado público del Sr. Helmayer, que
proporcionaba energía eléctrica sumamente débil durante la noche, la oficina del Correo
y Telégrafos en la Av. Bolognesi, el Club Social, y, por último, los prostíbulos: «La
Casa Blanca» y «La Rosada», en las afueras de la ciudad.
También destacaban las avenidas y calles
por su buen trazo y amplitud, aunque polvorientas. Fuera de la avenida Bolognesi -a la
entrada de la población- por donde pasaba la carretera Panamericana que estaba asfaltada,
todas las demás carecían de pavimento y hasta de veredas de concreto, solo algunas de
ellas tenían tablones. Sin embargo, Chimbote era un lugar paradisíaco para el que
gustaba de la naturaleza y de la belleza del mar, aunque carecía de los elementales
servicios básicos.
Recuerdo a los pintorescos aguadores que
llevaban el agua turbia a los domicilios desde las acequias de la campiña, en unas
carretas con un cilindro de metal y tirados por un burro; la leche era traída desde Casma
y al colarla, muchas veces, encontrábamos larvas de zancudos, señal inequívoca de que
había sido «bautizada». Igualmente, llamaba la atención el paso cada quince días
-aproximadamente- de un burro que halaba una res al camal para ser beneficiada y sin que
nadie lo guiara; le llamábamos «El Verdugo», pues conocía muy bien su función y el
camino. En fin, largo sería enumerar tantos hechos pintorescos propios de un pueblo en
formación.
Mientras se construía el hospital,
trabajaba -como ya lo he dicho- en la aplicación de encuestas malariométricas para
evaluar los resultados de las obras de desecación de las lagunas; a la vez, atendía a
los trabajadores del Servicio y, posteriormente, a la población en general. No
contábamos con un local adecuado para la atención médica; por la escasez de viviendas,
tuvimos que alquilar algunas habitaciones en un edificio de adobes de construcción
precaria, propiedad de Dn Juan Lecrere, ciudadano francés afincado en Chimbote.
Por la estrechez del local, el público
que acudía al consultorio -que era gratuito- hacía «cola» en la calle, llamando la
atención de los que llegaban a la ciudad. Año y medio trabajamos en esas condiciones
mientras construían el hospital. Al terminar las obras fui nombrado Director; y mi
esposa, que era enfermera graduada, Enfermera Jefe. Empezamos por seleccionar y preparar a
un grupo de auxiliares de enfermería y contratar al resto del personal para poner en
funcionamiento las 32 camas disponibles. Este grupo estaba conformado por 10 trabajadoras,
al que se sumó dos auxiliares masculinos, posteriormente llegaron de Lima 3 enfermeras
graduadas y un médico más, el Dr. Justo Romero Valenzuela. Con este personal se
inauguró el Hospital La Caleta el 15 de mayo de 1945. A la ceremonia concurrió Manuel
Prado Ugarteche, Presidente de la República.
Cuando inició sus actividades carecía
de servicios básicos: Sala de Operaciones, Rayos X y Lavandería. Por tal razón, la
atención era limitada. Al término de la II Guerra Mundial, el gobierno americano -que
había contribuido en su inicio con dos millones de dólares para el Servicio Cooperativo
de Salud- ya no tuvo interés en aportar más dinero para continuar las obras de
saneamiento y equipar al hospital de los elementos indispensables; a pesar de que el
Servicio siguió trabajando dentro del Ministerio de Salud varios años más, pero con muy
pocos recursos. Pasó más de un año, antes que la sala de operaciones, tuviera lo
indispensable para su funcionamiento y se pudiera disponer de un pequeño aparato
portátil de rayos X y un consultorio dental; pero nunca se contó con un adecuado equipo
para lavandería, por lo menos, hasta el año 1948, cuando dejé de ser Director.
En ese lapso, nuestras actividades no se
limitaron a la labor asistencial, sino, también a programas de prevención, mediante el
establecimiento -dentro del hospital- de los consultorios: materno infantiles, escolar,
enfermedades de transmisión sexual, etc.; otra de las actividades fue la de saneamiento.
El Municipio cedió unos ambientes en su local para el trabajo de los Inspectores
sanitarios y tres auxiliares de enfermería, a las que se les preparó para el trabajo de
visitas domiciliarias, programa que, posteriormente, se reforzó con la llegada de una
Enfermera de Salud Pública y una Educadora para la salud.
Luego de la llegada de dos cirujanos se
amplió la labor asistencial, cubriendo una necesidad apremiante; los accidentes ocurrían
con cierta frecuencia, debido al incremento de las obras del puerto, de la siderúrgica,
así como del tráfico de la carretera Panamericana.
Como lo señaláramos líneas arriba, la
falta de interés del gobierno norteamericano, una vez terminada la guerra, en 1945, dejó
truncas todas las obras que había emprendido con el objeto de hacer de Chimbote una
ciudad dotada de todos los servicios básicos de saneamiento (agua, desagüe, desecación
de lagunas). Escasamente se llegó a la construcción de un pequeño reservorio, la
perforación de un pozo, y la colocación de algunas tuberías para los servicios de agua
y desagüe. En cuanto a la desecación de los pantanos, tampoco las obras fueron
terminadas, los canales de drenaje abiertos inconclusos, no cumplieron su finalidad;
posteriormente, con la expansión de la ciudad, sirvieron de servicios de agua y desague a
los asentamiento humanos de la periferia; se convirtieron en una fuente de infección, que
causó más de una epidemia de enfermedades gastro intestinales. Afortunadamente, con el
advenimiento del DDT en 1946, se realizó en Chimbote uno de los primeros ensayos en el
Perú con lo que la Malaria desapareció.
Al dejar Chimbote en 1948, aún no se
utilizaba la anchoveta para la fabricación de harina de pescado; pero, ya se vislumbraba
lo que sería la industria pesquera, pues se exportaba pescado salado así como hígado de
bonito; todavía la bahía no había perdido su belleza y la contaminación del mar no era
ostensible. Con el inicio de la industria pesquera, los sueños de la ciudad modelo
industrial se difuminaron.
Los que conocimos Chimbote no podemos
resignarnos a lo que hoy vemos; en aquel entonces, no existían movimientos ecológicos
como los actuales, así como la legislación vigente sobre Medio Ambiente. De haber sido
así, tal vez se hubieran respetado los planes originales y se hubiera comprendido que una
inversión en obras tan fundamentales, como las de saneamiento merecían la primera
prioridad; pero eso es sólo una especulación, porque ni siquiera cuando surgió la
riqueza de la pesca se asignaron para tales fines los recursos financieros provenientes
del gobierno y de la industria. Lo cierto es que hoy día, la insalubridad de Chimbote la
hace peligrosa por la presencia de enfermedades gastro-intestinales y otras de carácter
infeccioso. Lo que ha sido puesto en evidencia con ocasión de la epidemia del Cólera, ya
que fue esa ciudad, precisamente, uno de los primeros focos y el más grande en el país,
las condiciones propiciatorias estaban presentes.
Los que amamos la naturaleza, el mar y su
conservación, añoramos el pasado, que para nosotros, los viejos, siempre fue mejor.
Esta es la historia sinóptica de un
pequeño hospital que durante sus 50 años de existencia ha prestado valiosos servicios a
la comunidad, siendo aún hoy al que más recurre la población. Y también es la historia
de un sueño de lo que debió ser Chimbote. En nuestro sueño veíamos una ciudad limpia y
bien trazada, hermosas playas libres de contaminación, un lindo malecón, con hoteles
para turistas que llegarían en grandes cantidades a disfrutar del limpio y sereno mar y
de las incomparables puestas de sol. Desgraciadamente, el despertar a la realidad nos
llena de frustración y pesar, especialmente para los que trabajamos con mucha convicción
y entusiasmo por la salud de su pueblo.
Quién sabe si aún ahora fuese posible
dar cumplimiento cabal al Código del Medio Ambiente y la moderna legislación vigente
para que la industria -que tanto se han beneficiado con la riqueza que genera el mar-,
contribuya a corregir la degradación ocasionada al ambiente. Finalmente, una invocación:
ponerle atajo a la repetición de la experiencia de Chimbote en otros lugares similares de
nuestro país; como por ejemplo, la bahía de Paracas.
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