VIOLENCIA Generalmente se asocia el término violencia a su forma voluntaria y en la que una transferencia de energía del agresor hacia el agredido tiene como resultado lesiones orgánicas inmediatas. En cambio, se entiende menos la existencia de una violencia en la que no existe un agresor identificable y la de aquella que no resulta inmediatamente en lesiones orgánicas, aunque son manifestaciones de la violencia: el maltrato, la tortura psicológica, un ambiente de trabajo inadecuado, la falta de disponibilidad de medios y/o vías de transporte apropiados Estas dos últimas manifestaciones de la violencia resultan en sordera y «stress», respectivamente. Por otra parte, muchas manifestaciones de violencia son equivocadamente catalogadas como accidentes, es decir, como determinadas al azar. Esto se debe que el concepto de negligencia, no es entendido en su rol determinante en la ocurrencia de hechos violentos.
SALUD Y PROBLEMA DE SALUD El concepto de salud más difundido en la población es el que la define como la «ausencia de enfermedad»; definición que limita una aproximación adecuada a la relación de la violencia con la salud. Aceptemos, para efectos prácticos, una definición de salud amplia como la de «disfrutar de un estado de bienestar». Una entidad presenta un problema de salud como resultado de una evaluación de varios parámetros. Los principales son: ocurrencia de daños asociados a ella, la severidad de estos, las consecuencias de estos daños para los que los sufren y su entorno familiar y social, y la posibilidad de intervenir en su control La mayoría de personas aceptan, sin mayor dificultad, que la violencia origina cambios en el estado de salud, a nivel individual y de grupo. Esta aceptación se basa en información adquirida a través de los medios de comunicación sobre algunos tipos de hechos violentos y su impacto; esto último expresado, frecuentemente, sólo en términos de número de muertes: terrorismo, accidentes de tránsito en los que se involucraron ómnibuses de transporte interprovincial o las unidades de transporte urbano conocidas como «combis», explosiones de talleres pirotécnicos, suicidios y asaltos a mano armada. Esa aproximación a la relación de violencia y salud impide percibir indicadores de impacto distintos a la mortalidad, independientes o no de ella, y tampoco permite reconocer la interacción compleja de muchos factores, de los cuales el hecho violento y el daño asociado sólo son el resultado final.
LA VIOLENCIA, UN PROBLEMA DE SALUD PÚBLICA Los daños originados por violencia son una causa importante de morbi-mortalidad y de demanda de atención de salud. Así lo indican los datos provenientes de los registros rutinarios o extraordinarios de los servicios de salud, policiales y judiciales. Si bien estos conjuntos de datos proporcionan alguna información, esta se circunscribe a lesiones orgánicas inmediatas y son insuficientes para elaborar hipótesis asociativas entre daños y los hechos violentos, o entre estos últimos y otros factores, lo que es indispensable para intentar su control. Además, es posible que en un mismo año un dato sea registrado en más de una fuente y en más de una manera y, por supuesto, muchos no se llegan a registrar.
CONTROL Y PREVENCIÓN La muerte por tétanos de un adolescente podría considerarse accidental si la vacuna o las medidas preventivas fueran desconocidas; el traumatismo encefálo-craneano con fractura del frontal en un conductor por impacto contra el timón en un choque a mediana velocidad contra otro vehículo no es calificable de puramente accidental: la habilidad del conductor y sus hábitos de manejo, su nivel de conciencia y concentración, las condiciones en que mantiene el vehículo, el uso que hace de las medidas de seguridad pasiva (cinturón de seguridad, por ejemplo), etc., son variables que intervienen en la ocurrencia del choque y del daño. (Esto es válido tanto para el chofer lesionado como para los otros involucrados eventuales). Una de las condiciones previas para intervenir en el control del problema es el reconocimiento de que los hechos violentos y los daños que estos producen, están asociados causalmente a factores susceptibles de ser controlados y no determinados por el azar. Los hechos violentos y los daños ofrecen, al menos en teoría, mejores posibilidades de control que los daños resultantes de las enfermedades transmisibles, las hereditarias y las degenerativas. La morbi-mortalidad asociada, por ejemplo, a accidentes de tránsito varía grandemente de acuerdo a las normas de construcción de calles y carreteras, de las de tránsito, y los hábitos de conductores, pasajeros y peatones. Dos de los mejores ejemplos en este sentido son las contribuciones del uso del cinturón de seguridad y del casco en la disminución de la frecuencia y severidad de los daños sufridos en «accidentes» de tránsito por conductores y pasajeros de automóviles y motocicletas, respectivamente. La educación, la aplicación de normas de seguridad y la persecución de sus infractores contribuirán a disminuir la frecuencia y magnitud de los daños originados en la violencia y, por consiguiente, su impacto social. Aunque por las características del problema, la violencia requiere una intervención multidisciplinaria -en la que la Antropología y la Ecología humana juegan roles importantes-, su estudio desde la perspectiva de la Salud Pública proporcionará el conocimiento basal para la elaboración de mensajes y estrategias educativas, así como también para la elaboración de normas y dispositivos legales. |