La Crónica Médica: Junio 30 de 1884

 

Etiología del tifus exantemático

Tesis leída y sostenida ente la Facultad de Medicina de Lima, por Leonidas Aveñano, el 3 de octubre de 1883, para obtar el grado de bachiller.

 VII

Ya que hemos adquirido datos suficientes sobre el desarrollo y propagación del tifus, podemos abordar las siguientes cuetiones, que m concepto tiene un interés capital en lo que se refiere al tifus endémico en nuestra sierra: ¿dadas las condiciones especiales que los autores asigna para el desarrollo del tifus nace este en todos los lugares por distinta que sea sus condiciones climáticas o atmófericas? ¿importada la enfermedad a mayor o menor distancia de su foco originario, y encontrando en el lugar de su recepción, las condiciones comúnmente asignadas como suficiente para su desarrollo, se reproduce indefectiblemente por distinta que sea las condiciones telúricas o atmosféricas, del lugar que da y del que recibe la importación?

Oigamos la respuesta de los autores que he consultado sobre este asunto. El profesor Scribe, médico en jefe del ejército francés en Oriente durante la guerra de Crimea,  dice: “El gramo carácter diferencial del tifus  que lo distingue de las otras enfermedades, infecciosa es la miasma que lo produce y sostiene no está ligado de ningún modo a las influencia climatéricas, como el Cólera y la peste, sino que nace a consecuencia de la modificación profunda que sufre el organismo bajo la acción de las causas que hemos anunciados (la miseria,  el apiñamiento,etc.)”. Griesinger, hablando de la marcha de las epidémias, dice: “la enfermedad se reproduce, independientemente de las influencias atmosféricas, de las condiciones de la  alimentación, etc.” Jaccoud, al ocuparse de la generación del tifus, se expresa en los siguientes términos: “Donde el hacinamiento tóxico se produce como episodio accidental, el tifus sobreviene, cualquiera que sean las condiciones del suelo, la raza y la nacionalidad”; y más adelante tratando de la importación del tifus, se dice lo siguiente: “ Importada de este modo del foco donde ha nacido, la enfermedad presenta en el lugar de su recepción, dos modalidades distintas; si no encuentra a su llagada las condiciones de hacinamiento y de mala higiene que son necesarias para la completa  extensión, se extingue rápidamente después de haber atacado en mayor o menor número a los individuos que han sufrido directamente la influencia de la importación; al contrario, si encuentra en esta segunda localidad las mismas causas nocivas que han engendrado en el punto de partida, entonces hay iuna formación de un foco cuya actividad puede ser tan violenta y tan durable como la del foco primitivo, como puede dar como el lugar a una nueva serie de exportaciones morbígenas. La extinción de la enfermedad rápida importada, no es debida pues a las condiciones telúricas o atmosféricas propios del país que recibe la importación; es debido, únicamente a  la falta de  las causas que han provocado la explosión del mal en el lugar de origen.”

 Por las palabras que acabo de copiar, se ve que los autores anteriormente citados, dan una respuesta afirmativa a la presente cuestión; y para ellos el Tifus se reconoce otra causa de la mala higiene.

Los hechos observados entre nosotros no me permiten aceptar semejantes conclusiones, pues como ya lo dicho antes, en el Perú al desarrollo y la transmisión del Tifus están íntimamente ligadas  a las condiciones climátericas de los respectivos lugares. Así se observa que el Tifus sólo es endémico en la sierra, cuyas poblaciones están situadas a una gran elevación sobre el nivel del mar; en la costa no ha aparecido nunca sino como enfermedad importada, y aún así jamás a adquirido las proporciones de una epidemia.

Para demostrar la verdad de lo anteriormente expuesto, veamos: por una parte si en la costa del Perú han existido las condiciones nocivas que son consideradas como suficientes para la génesis del elemento tífico; y por otra, si cuando este ha sido importado, ha encontrado a su llegada las circunstancia favorables para la difusión.

Hace muchos años que Lima encierra en su seno, en uno de los barrios centrales de la población, un foco constante de miasma, en los innumerables asiáticas que viven aglomerados en las inmundas casas de la calle del Capón y adyacentes; entregado a todos los vicios imaginables, rodeado constantemente de una atmósfera envenenada y desconociéndose por complemento en sus habitaciones, las nociones más elementales de las higiene.

Aunque lo que acabo de decir no necesita prueba ni demostración alguna, pues un hecho palpable y que a la vista de todos; sin embargo, copiaré a continuación los siguientes párrafos, que tomo de la tesis del señor César Borga para obtar el grado de bachiller en esta Facultad, quién al hablar de las habitaciones de los asiáticos lo hace  con las palabras siguientes:

“He entrado a todas las habitaciones y demás establecimiento de dicho que ocupa la calle del Capón, y ha contado los habitantes de cada uno de ellos, y quedé asombrado cuando llegue a la suma increíble de mil doscientos veinte chinos moradores todos de esta pequeña cuadra. En cada tienda, habitación o fonda, viven por término medio, seis individuos, sean cuales fueren las dimensiones de estas casas”.

“En el interior del antiguo callejón de Otayza conté seiscientos cincuenta asiáticas, distribuidos en ochenta pequeñísimas habitaciones.

En una finca contigua, de propiedad de un asiático, conté cuatrocientos veinte que ocupaban sesenta y tres inmundas y diminutas celdas.

“Quien haya leído las descripciones que hacen los viajeros, de las poblaciones usos y costumbres de la China, y entre después a uno de los barrios que ocupan de Lima los asiáticos, se creerá transportado a un arrabal de las ciudades del celeste Imperio. Todo esta aquí fielmente reproducido, el chino no carece de comodidades hasta para ejercer sus vicios”.

“En la calle del Capón, en el interior del callejón Otayza, hay establecimientos destinados a inmorales usos; en ellos encuentra mediante una retribución módica, todas las comodidades para fumar opio y entregarse al juego. Centenares de asiáticos vagos, pasan el día en estos lugares, jugando unos, mirando otros y gritando todos; mientras que tres o cuatro de entre ellos se deleita, indolentemente tendidos, en aspirar los narcóticos vapores de sus pipas”.

“ Sin detenernos en considerar lo indecoroso que es para el ornato y moralidad pública, la existencia de estos establecimiento y el desaseo de todas las casas habitadas por asiáticos, hay otras razones que hacen necesaria la inmediata intervención de la autoridad. El hacinamiento y centralización de una colonia tan numerosa como la asiática, su inmundo  desaseo, no pueden dejar de ser peligroso para la salud pública.”

Pues bien, a pesar de todos esto, el Tifus no se ha presentado nunca entre los moradores de la calle de Capón, no obstante que las condiciones y género de vida de los  chinos, son permanentes e idénticas desde hace muchos años, con las circunstancias agravantes de ser cruelmente diezmados por disenteria, que según la observación de algunos autores, es la enfermedad que tiene más afinidad con el Tífus exantemático.

Pasemos ahora a examinar las circunstancias, en las cuales ha sido recibida la enfermedad en Lima, cuando ha venido importada de la sierra.

En el año 1854, se desarrollo el Tifus como epidemia en el departamento  de Ancachs, y al mismo tiempo que se desarrollaba el mal, se organizaba en los departamento del norte el ejército del general Echenique, debía combatir con el ejercito libertador del general Castilla, que se formaba en los departamentos del Sur. Al pasar el primero, de departamento de Ancach al de Junín, llevo consigo los gérmenes del contagio, y propago la enfermedad de uno a otro departamento; siguió su marcha hasta llagar a Lima, donde poco tiempo después fue derrotado por el ejército libertador en los campos de Palma, el 5 de enero de 1885. Al dispersarse el ejército del general Echenique, llevó los elementos contagiosos y propago la epidemia en toda la sierra; y sin embargo, durante su permanencia en Lima, los gérmenes traídos de la sierra, no pudieron desarrollar el Tifus de una manera epidémica como lo habían hecho en el departamento de Junín, no habiendo sido mejores las condiciones higiénicas en la costa que en la sierra.

A mediados de 1880, las condiciones anormales creadas por la guerra con chile, se hicieron sentir de una manera notable en la sierra; y el Tifus empezó a trasformarse de endémico en epidémico, en varias poblaciones, entre otras, las del departamento de Junín, donde se formó la división que llegó a Lima el día 6 de julio de 1880, al mando del coronel Duarte. En esta división llegaron algunos enfermos de Tífus y todos los individuos, como es natural suponerlo, eran portadores del miasma de que habían estado rodeados durante su permanencia en la sierra. Los enfermos fueron mandados para su asistencia al Hospital de San Bartolomé, y de ellos fueron colocados en la sala de San Antonio (en la cual era yo interno) poco más o menos 40 individuos; los demás, como se comprende fácilmente, fueron distribuidos en las demás salas del hospital. Pero antes de pasar adelante hagamos una aclaración.

No fueron estos los primeros casos de Tífus que se observaron en el hospital: en el mes de junio, fueron asistido en el departamento   del profesor Dr. Romero, dos oficiales pertenecientes a la división formada en el departamento de Chachapoyas; y en el servicio del Dr. Basadre ya se había visto algunos casos en soldados de los departamentos de Ancahs y Junín. Sí he citado en primera línea los casos importados por la división Duarte, ha sido porque  su mayor número, podían con más facilidad propagar la enfermedad a los demás individuos del ejército.

Gran número de los individuos de tropa de la división de tropa de la división Duarte, fueron repartidos entre los cuerpos, para llenar las bajas causadas por las enfermedades. Estos sujetos eran portadores del contagió e iban a permanecer en contacto inmediato, con individuos que reunían todas las condiciones reputadas como suficiente para el desarrollo del Tífus. En efecto, nuestro  ejército estaba formado en su mayor parte de indios, cuya falta de higiene nos es bien conocida; acuartelados en lugares inadecuados, desaseados de tal modo que se sentía un mal olor insoportable al penetrar las cuadras; y con una moral completamente decaída, por una parte por el alejamiento del lugar de su nacimiento, y por otra, por la idea incesante de recobrarla libertad de que, según ellos decían  se les había privado; en una palabra, no habiendo cambiado en nada su modo de vivir, del que acostumbraban en la sierra. Sino al contrario, reagravádose por permanecer en los cuarteles contra su voluntad, me parece pues, que ofrecía un terreno favorable para la germinación de la semilla importada de la sierra.

Con todos, los casos de Tífus adquiridos en los cuarteles son insignificantes, comparativamente al número total de soldados de que se componía nuestro ejército, como lo prueba la estadítica, que solo arroja un tres por ciento de enfermos de Tífus en el  ejército de Lima, estando comprendidos aquí los casos importados y los adquiridos.

El elemento tifus venido de la sierra, se extinguió pues, a pesar de haber encontrado en los cuarteles de Lima, las condiciones favorables para la reproducción.

Esto por lo que se refiere a los que llegaron sanos.

Examinemos ahora lo que sucedió con los que llegaron a Lima afectados  por el Tífus, y que fueron remitidos para si asistencia al Hospital de San Bartolomé, como lo he indicado ya.

El hospital de san Bartolomé que todos conocemos, es un edificio inadecuado para el objeto a que esta destinado, y que no tiene absolutamente ninguna de las condiciones que la higiene exige hoy, en los establecimientos  de este género: sus salas grandes que carecen de una ventilación conveniente, comunican entre sí y hacen más fácil el transporte de los miasmas de otra; los veladores que existen en los demás hospitales faltan en este, de tal modo, que las materias fecáles quedan completamente expuestas al aire libre, y sus emanasiones se mezclan y se confunden con los miasmas que se desprendes de los enfermos, formando una atmósfera mefítica que impresiona desagradablemente el  olfato  higiénicas, que es bastantes conocida entre nosotros, el éxito fatal de la mayor parte de las operaciones quirúrgicas, que se practican en este hospital.

Estas pésimas condiciones de los tiempos normales, tenían necesariamente que agravarse con la situación anómala consiguiente el estado de guerra. El número de soldados de nuestro ejército, aumentan cada día más y más, y en la misma proporción tenían que aumentar los habitante del hospital militar, llegando  tal extremo, que en los primeros meses del año de 1880, había en el hospital la enorme cifra de novecientos enfermos, cuando el citado establecimiento está construido para contener trescientos. Era tal la aglomeración de enfermos, que no bastando los hechos para todos, se intercalaron entre dos camas colchones entre el suelo; las salas de cirugía fueron insuficientes  para los heridos del 21 de diciembre de 1879 y para los que llegaron después del sur, por manera que, fueron distribuidos en las salas de medicina. Había un gran números de enfermos atacados de disenteria, consecuiencia necesaria del cambio de régimen y del abuso de las frutas verdes; de tal modo, que en las inadecuadas salas del hospital, se encontraban reunidos: los miasmas reunidos por tantos enfermos, los originados por heridas en supuración y las emanaciones de las cámaras diséntericas, formando un todo cuya virulencia es fácil de concebir. Hay más todavía, las salas de san Ramon; San Antonio y el Purísima, comunican por medio de ventanas, con un corral que entonces estaba convertido en chiquero.

Para  destruir tanto elemento pernicioso, para aniquilar la actividad de los miasmas desprendidos en tanta abundancia, no se empleaba desinfectantes alguno; y lo único  que se hacia para disipar en algo el mal olor, era quemar un poco de incienso, que lejos de destruir los miasmas, los condensaba impidiéndoles salir del recinto donde habían nacido.

A un establecimiento que reunía las condiciones antes enunciadas, fueron llevados los enfermos de Tífus que sucesivamente fueron llagando de la sierra. Al presentarse los casos, el cuerpo médico del hospital, considerando lo contagioso del Tífus, y las malas condiciones del él, solicitó del Director la adopción de las medidas convenientes para aislar a los citados enfermos. Se resolvió separarlo en un cuarto pequeño colacado en el  primer patio, y que escamente podía contener diez y seis camas: los que no encontraron  en estas pequeñas asistiéndoles en las demás salas del hospital.

Sin embargo, el veneno de Tífus también se extinguió en el hospital, como se había extinguido en los cuarteles, no obstante que había encontrado todos los elementos indispensables para su reproducción y propagación. En la Sala de San Antonio donde tuve la ocasión de observar, como he dicho antes, 68 casos en todo el último semestre del año, sólo hubo siete casos adquiridos; cuatro enfermos, la hermana caridad y los dos barchilones de que ya  he hablado.

Muy distintos han sido los resultados, cuando la semilla ha encontrado un terreno fértil, están para probarlo la epidémia de Arequipa, de 1880 al 1881, importada por los reclutas del departamento de Puno, donde murieron cumpliendo con abnegado patriotismo su sagrado ministerio; el Dr. Aguilar, mi inolvidable compañero y amigo J. N. Lengua y los alumnos Marini y Poma; la epidemia que empezó a manifestar sus efectos en los pueblos de Chosica, Cocachacra y Matucána, afines de 1881, importada del interior por el batallón Tarma que llegaron a  Matucana en el mes de octubre, y que, de 3,000 hombres poco más o menos de que componía el ejército del general Cáceres, fueron atacados más de un treinta por ciento causando un quince o veinte por ciento de resultados fatales; esta epidemia, en la sucumbieron los Drs. Camborda y Zapater, acompaño hasta su retirada hasta Ayacucho, propagando por todas partes la epidemia que hasta hoy hace numerosas víctimas en la  sierra.

Los hechos anteriores justifican la exactitud de mi proposición, y demuestran de una manera palmaria, que el Tífus no puede ser engendrada ni reproducido en la costa. Siendo las condiciones individuales e higiénicas de los indios, las miasma en la costa que en la sierra, debemos reconocer como causa, de esta diferencia, las distintas condiciones telúricas y atmosféricas de la costa y de la sierra.

Por lo que hace a las condiciones telúricas, reconociendo de contado su existencia, sin embargo me abstengo de entrar en materia por no tener los conocimientos, ni mucho menos los datos suficientes para semejante estudio; aceptando a pesar de esto, completamente las ideas del Dr. Ermann, que en su trabajo sobre la “Región del Tífus en México”, dice lo siguiente: “ Sería interesante comprender algunas investigaciones que tengan por objeto descubrir si hay una relación constante entre la constitución geológica del suelo y las enfermedes observadas en la superficie. Puesto que el desarrollo de la afección palúdica parece favorecido por cierta disposición de las capas geológicas; puesto que en los valles pertenecientes a formación determinadas, el bocio  parece fatalmente endémico; puesto que la rivera del mar parece engendrar especialmente los más terribles flajelos, ¿ no habría un terreno favorable para el Tífus? El porvenir contestará, quizá de una manera satisfactoria a esta cuestión”.

En lo que refiere las condiciones atmosférica, ya he indicado la influencia de la presión atmosférica en las alturas de las sierra.

A esto agregaré otro hecho que me parece no menos demostrativo: se sabe que por la acción de una corriente de aire caliente, el veneno es obligado a pasar a las capas superiores de la atmósfera; por otra parte, sabemos también que en la Costa árida de Perú, existe constantemente una corriente de aire caliente, proveniente  de la reverbaración del sol. Pues bién; se puede aceptar que, los micrococcus generadores de Tífus, cuando existen en la costa, son impulsados hacía las capas superiores de la atmósfera, impidiéndoles de este modo, ejercer su acción sobre e hombre.

No tengo la pretención de haber dado una explicación satifactoria, de la no existencia del Tífus en nuestra costa; para ello se necesitan conocimientos especiales y experiencia de que carezco, me basta únicamente señalar el hecho dejando a inteligencias superiores a la mía, que digan la última palabra sobre lo que indico.

Lima, agosto de 1883

Leonidas Avendaño

V.° B.° Odriozola

 


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