Revista Peruana de Cardiología : Julio - Diciembre 2000


EDITORIAL



Dr.
Salvador Sialer
Miembro Titular
Presidente (1993-1995)
Sociedad Peruana de Cardiología


Cuique suum

Quiero comenzar este prólogo dando las gracias al Director por haberme invitado a escribirlo, sin proponerme tema ni fijarme límites. Esto me proporciona oportunidad para expresar algunas de las inquietudes que preocupan mi mente y mi corazón con respecto al sino de la Revista Peruana de Cardiología.

Fue un privilegio y un honor, en 1993, lograr cumplir el sueño y la promesa de la reanudación de la publicación de la Revista de nuestra Sociedad, y su vigencia, luego de dieciocho años de interrupción (1975-1993). Ya había habido otras interrupciones menores: de dos años (1960-1961), de un año (1967) y de tres años (1971-1973). El devenir de la historia de las naciones repercute muchas veces en sus instituciones. Reemprender esta obra no hubiera sido posible sin el esfuerzo, el tesón y la seriedad puestos por el Dr. Oscar Alvarado y quienes le acompañaron en el Comité Editorial responsable de esa misión. Ellos dejaron establecidas bases sólidas que garantizaban su continuidad en el tiempo, si se proseguía por el camino iniciado y trazado. No puedo dejar de encomiar el mérito de este logro que ellos consiguieron para nuestra institución, nuestra comunidad médica y nuestro país. ¿Qué prestigio, qué trascendencia, tiene una institución científica que no posee una publicación periódica regular para la presentación formal de trabajos originales representativos de la investigación y la producción propias? Este logro implicaba, además, dar cumplimiento a un mandato estatutario, que había comenzado a hacerse efectivo en 1952 con el lanzamiento de la Revista Peruana de Cardiología. Y no debemos olvidar que al fundarse la Sociedad Peruana de Cardiología, cinco años antes, sólo existían otras dieciséis sociedades nacionales de cardiología en el mundo, cinco de ellas en América Latina (de las cuales sólo tres eran de América del Sur).

Al relanzarse la Revista Peruana de Cardiología, se fijó su publicación cuatrimestral como un objetivo sensatamente realizable. Podemos referir que de los dieciocho volúmenes previos, sólo el primero tuvo números trimestrales, cuatro tuvieron números cuatrimestrales, nueve tuvieron números semestrales y el resto, anuales. Esta es la historia y contemplándola, al mismo tiempo que considerando las características del momento y las expectativas futuras, nos propusimos metas posibles y no quimeras ni ilusiones. Desde entonces la Revista ha mantenido su aparición regular a lo largo de los Volúmenes XIX, XX, XXI, XXII y XXIII; el Volumen XXIV se atrasó en su publicación y se redujo a dos gruesos números; el Volumen XXV retrasó su aparición muchos meses, más que los últimos, su Número 1 saltó el primer cuatrimestre del año, sin embargo se añadió un suplemento. Aunque no las conocemos, las circunstancias que acompañaron estas ocurrencias las justifican con seguridad; pero lo no deseado sucedió. Por todo esto, tengo la obligación imperativa de expresar al Dr. Luis Segura mi gratitud y reconocimiento más grandes y sinceros por haber asumido, en estas condiciones, la Dirección de la Revista Peruana de Cardiología, para ponerla al día, regularizar su aparición y sacarla adelante; con el desafío, la responsabilidad y todo el trabajo extraordinario que ello acarrea. El no tenía el compromiso de hacerlo ni codiciaba tan importante cargo (uno de los más altos en cualquier institución cultural), asume el reto con plazos vencidos, no le sobra el tiempo ni son los momentos actuales propicios para el sosiego y la paz deseables para esta labor.

Que diferente es esta situación en comparación con lo que acontece a nuestro alrededor, en nuestra patria: en el país en que nacimos y en el que hemos elegido vivir. Asistimos a una crisis moral extendida, a la diseminación de la corrupción en organismos e instituciones de toda clase, y - en particular- en quienes ejercen la función de gobernar. No sé que nos ocurre. Quizá nos falta, como nación, una formación moral universal y sostenida, basada en el ejemplo, desde la niñez, en el hogar, la escuela y el cuerpo social todo. Quizá, también, tenemos enraizada una suerte de cultura de corrupción socialmente aceptada, que debe ser erradicada totalmente. Por ello, aún cuando nos duela profundamente, tenemos que decirlo; no debemos callar. El mal, con certidumbre, no está circunscrito a nuestro medio; pero ello no es, en modo alguno, atenuante.

Es frecuente encontrar dirigentes que pareciera que consideran que el ejercicio de su cargo es un favor que hacen a sus instituciones, sin recordar que nadie les rogó o pidió que aceptaran ser elegidos y que - más bien- la mayoría de las veces, persiguieron serlo (y hasta por todos los medios posibles). No usan sus puestos para servir sino para ser servidos y servirse, buscando tanto ser retribuidos cuanto obtener el mayor provecho personal posible, en forma encubierta y - a veces- hasta sin ningún recato pretextando justificación para lo injustificable. Prestan especial atención no al mayor número ni a los menos fuertes de quienes los eligieron, sino a la inversa. No procuran el armonioso equilibrio entre el interés de la comunidad que representan y el de los individuos que la componen; no la protegen contra los egoísmos individuales ni evitan la arbitrariedad. No defienden la supervivencia presente y futura, ni los fueros, de su institución contra los que la quieren disminuir, postergar o dividir, desde fuera o desde dentro; no preservan la independencia ni la preeminencia de ella, ni persiguen su desarrollo y engrandecimiento. Creen que con esta conducta, cómodamente y en forma desapercibida por los demás, la están pasando bastante bien y se están evitando tener que enfrentar conflictos y sinsabores, y que hasta se ganan la amistad de aquellos ante quienes se doblegan en nombre de sus instituciones (no nos importaría que lo hicieran sólo a título personal); cuando en realidad, están acumulando deshonor no oculto y el menosprecio de los últimos.

Recibir el inmenso honor y la tremenda responsabilidad de conducir cualquier institución de abolengo y prestigio, obligan a llevarla un paso adelante o a mantenerla en su sitial por lo menos, y jamás debe ser ocasión para buscar disfrutar superfluidades u obtener ventajas y beneficios sino al contrario, si es que realmente se la ama, se aprecia la honra propia y se tiene conciencia plena del compromiso libremente aceptado. Muestras del fracaso de numerosas gestiones vemos todos los días y en todos los niveles: líderes vanos y presuntuosos que tarde o temprano desaparecen sin dejar rastro de estima o afecto en las mentes ni en los corazones de los demás; y grandes instituciones que son opacadas, divididas, desmoronadas o destruidas.

Casi las mismas reflexiones que aparecen en los párrafos precedentes fueron publicadas en estas páginas hace ya seis años, al describir lo que considerábamos la responsabilidad de conducir una institución cualquiera, mucho más grave cuando se hace por mandato solicitado a sus miembros, y el perfil deseable del dirigente (Los Hombres y las Instituciones, Vol. XX, N.° 3, página 165, 1994.)

Por eso, actos como éste, de laboriosidad y dedicación nobles y desinteresadas, de los que ya Luis Segura nos ha dado frecuentes testimonios, exigen que todos los miembros de la Sociedad le otorguemos el respaldo y el apoyo más decididos, al mismo tiempo que el reconocimiento debido y nuestro aplauso. Así, todos contribuimos a dar ejemplo y a establecer paradigmas para las nuevas generaciones.

Escribo todo esto, no por la larga y gran amistad, basada en la comunidad de principios e ideales, que me liga con Luis Segura. Lo hago porque, como Miembro antiguo de la Sociedad, tengo la obligación no sólo de ser honesto y leal con quién nos muestra abnegación, esfuerzo y dedicación para con ella, sino también de ponerlo por escrito y hacerlo público. Y este es un compromiso muchísimo más grande y más grave por parte de quienes debemos absoluta fidelidad a ella, por habérsenos concedido el honor - que nos marca y obliga para siempre de haber sido no sólo uno de sus dirigentes sino uno de sus Presidentes.