RODOLFO ROJAS CAÑAMERO* Me gustan las mañanas frías, es como si me hicieran sentir más vivo, como si realmente el mundo comenzara de nuevo. Tal vez por eso todas las mañanas llego temprano hasta el pequeño mercado frente a la plaza e inicio el ritual: instalo la mesita sobre la vereda y coloco sobre ella la máquina "Remington", encuadro la primera hoja y espero. Hace tiempo ya lo intenté todo, pero fue tanto lo que pudo ser y no fue, que al final a mí me ganó la vida. Y hoy, sin habérmelo propuesto, estoy aquí, uno entre tantos escribientes de la plaza, redactando documentos para todos los trámites imaginables de las babélicas oficinas públicas. Al principio sólo mecanografiaba, pero un día, ya ni recuerdo cómo, alguien me pidió que le leyera una carta, no sé si porque no podía o no quería hacerlo él mismo, desde ese momento he escrito y leído cartas para quien me lo pida. Escribir y Leer cartas es mi oficio, soy lector y escritor de cartas ajenas. Ella llegó una tarde, como cualquier otra, una de esas tardes que uno sabe no ocurrirá nada especial, aún era bella pero su rostro tenía un rictus de tristeza que no la abandonaba ni cuando reía, su cabello alguna vez fue castaño y tenía una figura entre delgada y pálida como esas novias que soñamos en la infancia. Me entregó el sobre decidida, la carta de algún novio lejano pensé, no dudé, lo abrí, lo rasgue de un tirón y extendí el papel ante mis ojos, estaba escrita en letras pequeñas, mezquinas, las palabras tomaban forma de hormigas en un desfile, era una carta yerma en la cual no podía crecer una flor ni un poema, una carta de esos amores sin amor. Yo estaba demasiado herido esa tarde para ser bueno, sin embargo, había tal esperanza en sus ojos, tanta ansiedad en sus manos prematuramente ajadas, que cedí al viejo hábito de la piedad y mentí; no leí lo escrito en el papel, vacío de ternura y de romance; leí una carta inventada, leí la carta que yo hubiera escrito a una amada lejana, leí lo que hubiese querido que fuese mi vida, con un amor, aunque fuera un amor lejano y sin nombre, tan inasible como eterno. Pero, de pronto aquella pequeña luz brillante en sus ojos me detuvo. No pude seguir, no quise crear una ilusión que al romperse la destrozara. No quise ir más alla, entregué la carta y cobré mi precio. Tantas cartas ya, tantas veces pasajero de destinos que no son los míos, por momentos sueño ser el distante, por momentos el que aguarda, por momentos ambos, con aquel nudo en el pecho del quien presiente el encuentro. Esa es mi forma de robar un poquito de sus vidas, un hurto de emociones para una vida sin ilusión. El creprúsculo es una hora de recuerdos, le tengo tanto miedo a los recuerdos, tomo el gastado maletín, guardo los papeles sin usar, cartas aún sin dueño, mensajes a destinos aún por descubrir. Hubiese querido nacer mil años atrás y ser uno de los copistas del Corán o de la Biblia, libros sagrados reverenciales, o leerle a una mujer misteriosa la historia de mis batallas. Pero estoy aquí escritor y lector de cartas ajenas, de oficios para todos los fines, sólo una voz y un escrito sin presencia. El ruido del mercado donde ya todos cierran sus puertas me saca del ensimismamiento; todos se hablan a gritos, yo también en un esfuerzo final de ser uno de ellos. Yo que no pertenezco allí, ni a ninguna otra parte. Yo un impostor. Volvió todas las tardes del último jueves de cada mes. Se anunciaba con el perfume de los jazmines en el viento. Conforme fue pasando el tiempo noté que la esperaba, que quería su presencia, que a su lado todo lo demás desaparecía, que quería ser más bueno. Deseé que al verme descubriera lo que nadie veía, todo este amor para dar y entendiese que sólo tenía que llegar y tomarlo. Un día esas cartas de su amor lejano se hicieron mías, le leí mis sentimientos hasta lo indecible, cartas para mi amor lejano de los jueves al atardecer, cartas desde la distancia de un viaje que nunca emprendí. Muchas veces agradecí que no pudiera leer, que la vida por una vez piadosa me permitiera esta mentira. Soy una mujer, una mujer que siempre quiso tener un gran amor, cuando niña miraba el cielo detenidamente y quería volar, corría rápido por el parque y me gustaba meter los dedos en la arena, el colegio, las amigas, los muchachos; siempre fui tímida, temblaba solamente de pensar que el chico que me gustaba pudiera hablarme. Después, la vida, algunos amores y muchos adioses. Todo cambió desde aquel día, ahora vivo en el filo de la navaja, siempre con un pie en el abismo, cuánto tiempo no lo sé. Pienso y al hacerlo siento un dolor en la boca del estómago. Un dispositivo de tiempo en mi propio cuerpo, marcando en cuenta regresiva mi vida, marcando el tiempo del adiós . Hace años aprendí a leer, pero nunca como tú lo haces; aquel día me detuve a escuchar cuando le contabas esa historia al niño de las ropas azules, describiste el velero con tanta pasión que yo también pude sentir el viento en la cara, el golpe de las olas contra el casco, el ruido de los aparejos y las velas hinchadas de viento, me hiciste vivir. Tú estabas transformado navegando en mares celestes y cielos claros con la mirada no sé en que remotas playas. En ese momento supe que yo también quería ser parte de tu mundo, de ese mundo tan tuyo, de barcos y de amores. Sé que mi tiempo se acaba, tal vez ya no volvamos a encontrarnos, por momentos el dolor me ciega, las fuerzas me abandonan. Hoy, quiero que me recuerdes linda, ser la más hermosa mujer para tus ojos, que sepas, tú que tal vez ya intuyes, que adiviné desde el principio que finges leer, que esas palabras nacen en tu alma, ese manantial de agua fresca que tú mismo ignoras. Me gusta verme como tú me ves, como tú me sientes, tu ilusión me conmueve tanto, tu amor, tu entrega. Llevo un regalo, es un libro de lectura de mi infancia, aún tiene escrito mi nombre con letras redondas y grandes. Hoy quiero que descubras que vengo a verte sólo para escuchar tu voz, sumergirme en tu mirada y por un instante unir nuestras soledades. Pero no has entendido, no te has dado cuenta que te quiero y que me estoy muriendo. Tal vez pienses que él ha vuelto y que me marcho feliz. Tu mirada rogándome que no me vaya me destroza, a mí que tengo que partir en un velero sin retorno. Llega el momento de la partida y no quiero romper tu ilusión, amado, la ilusión de que soy feliz, la ilusión de que alguien puede ser feliz ( las ilusiones de un adulto no debieran de romperse, los niños tienen tantas y pueden perder algunas y sobrevivir pero a ti y a mí solo nos quedaba ésta). Me das una carta que yo aprieto contra mi pecho y me alejo sin saber qué decir, sin poder confesar mi verdad. Hoy volvió, me sorprendió, no era jueves y principiaba el mes. Ella estaba cambiada, su rostro maquillado y su traje nuevo queriendo embellecer lo que no necesitaba ser embellecido, su carta estaba radiante de alegría; con extrema delicadeza colocó sobre mi mesa un libro, un libro infantil con hermosas figuras de colores, levanté los ojos y por primera vez nuestras miradas se encontraron, un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo. La sola idea me reveló, lo pensé en ese instante, él habría vuelto y ésta sería la última vez que la vería, mi última oportunidad antes de la partida, entregué la carta que siempre llevaba conmigo, en ella le hablaba de mi desesperado amor. Nunca antes tuve el valor de entregársela, no sé si por cobardía o por miedo a romper el único hilo que me ligaba a la felicidad. Sólo ahora en el instante final enfrentado a la desesperación de perderlo todo pude hacerlo. Le entregué la carta sin leérsela, era demasiada tristeza. Sabía que era en vano, que esta era otra de mis batallas perdidas. Abandoné todo y caminé sin rumbo durante horas, estaba tan vacío, tan vencido, el cansancio calmó mi dolor, entré en la iglesia y recé la única oración que recuerdo y que aprendí de rodillas cuando el mundo era bueno "ángel de mi guarda dulce compañía, no me desampares..." Aquella vieja imagen en el templo parecía intentar decirme algo, su rostro mutilado en la nariz, tenía una expresión entre temor y sorpresa; parpadeé para sacarme de encima la sensación, ¿querría revelarme un mensaje oculto que sería demasiado para mi comprensión o para mi cordura? Salí al aire de la calle. Respiré. Quiero dar vuelta y regresar pero algo en mí lo impide y me obliga a seguir, a querer averiguar, a tener al fin una respuesta. He llegado hasta aquí, la casa de mi infancia, allí en la gruta al final de la quinta, la virgencita de manto celeste que aún carga un niño, aquella imagen ante la que me persignaba siempre al salir de casa para pedirle a Dios que al volver mi mundo siguiera igual. Tengo miedo, no el miedo a lo desconocido, sino a esas presencias y sombras que todos llevamos dentro, y más aún a esos recuerdos dulces que hacen daño. El largo pasadizo que Ilevara hacia los cuartos está oscuro, un olor a humedad, a musgo, a tiempo, a un tiempo largo sin ser transitado por niños, por risas, por alegrías. El cuarto al fondo del pasillo. Allí estoy yo esperándome, me sorprendo frente a frente al mirar en el espejo. Me veo con cierta incredulidad, como si a ambos nos extrañara el habernos encontrado después de tanto tiempo, él ha cambiado, está más gordo, sus movimientos son lentos y su sonrisa ha perdido aquel brillo de ingenuidad, respiro, no quiero dar la impresión de estar nervioso ni de tener miedo. Me arreglo la corbata y él lo hace también, viste un traje azul, tiene un aspecto cansado y triste. Al verlo no puedo evitar llorar y él llora también. Lo he buscado tanto tiempo y ahora no sé que decir. Cuanto tiempo más estaremos sin vernos, quiero decirle cuánto le entiendo pero mi voz es un murmullo. Todos necesitamos ser consolados por quien nos entienda al punto de caer en nuestro vacío, (como cuando nos lanzabamos al mar agarrados de las manos desde el muelle de pescadores, recuerdas, sólo así podíamos sentir el mismo miedo y el mismo valor). Me miro otra vez en el espejo del enorme ropero de tres cuerpos, papá decía, cedro buena madera, está hecho para que dure para siempre, ojalá él estuviera aún aquí para creerle, como se les cree a los papás buenos, que hay cosas que duran para siempre. Me recordé parado frente a ese mismo espejo y a mi mamá agachada alisándome el cabello para que fuera "bien peinadito", ella canta "qué ganas de llorar en ésta tarde gris, en su repiquetear la lluvia habla de ti" yo la miro y beso su mejilla. Es el mismo cuarto donde tantas veces jugué, donde tantas veces soñé, mi cama era el barco en el que recorí todos los océanos, donde vencí en todas las batallas, los pisos de madera eran olas encrespadas y la pared azul celeste el horizonte infinito. Aún tiene impregnado en sus paredes como yo en el corazón las risas de mis hermanitas y la voz de mi mamá levantándome para ir al colegio con mis pantalones gruesos y cortos. (Despiértate, tienes que ir al colegio, la voz de mi madre acariciándome, yo me tapaba la cara con la frazada de cuadritos, luego me sentaba y volvía a caer en la cama, tratando de rescatar un instante más de inconsciencia, de dulzura, ahora comprendo que era un presentimiento, que los sueños y la felicidad hay que detenerlos en sus instantes etéreos.) Todo aquello se marchó y yo no pude detenerlo. Nunca lloró de tristeza, la tristeza la siento en todo el cuerpo, como algo físico, las lágrimas me brotan de rabia contenida, de impotencia, de silencios, de soledad, de distancia, de ausencia, de recuerdos. He llegado hasta aquí, como el herido que se encoge hasta buscar el fondo de sí mismo, retrocediendo mis pasos con la esperanza de encontrar algo que me rescate del naufragio. De pronto aquel olor inconfundible de los jazmines lo impregnó todo, caminé en esa dirección, era la última puerta de la pequeña quinta. Nunca sabré si fue casual o si yo llegaba a la cita, atravesé el umbral como un poseído, las sillas estaban alineadas contra las paredes, sólo tres personas en la habitación, conversaban, velaban, no se inquietaron por mi presencia, crucé la habitación hacia aquel cofre gris, una lágrima de flores yacía sobre él. Me incliné y entonces la ví; su sonrisa, el mismo traje de la despedida y en sus manos mi última carta, ¿la habría leído?, la confesión, la única verdadera carta de amor de mi vida. Sentí el abismo. Bajé los brazos, me rendía. Y ahora la imagen en el templo, con la nariz mutilada, como yo tengo el alma. Ella también resignada sin fuerzas, con esa vejez sin tiempo del escepticismo, de la desilusión; ella y yo sabemos que no habrán más océanos ni batallas Me levanto rápido, hago la señal de la cruz, ésta vez es sólo un gesto y salgo a la mañana fría con esa claridad de los primeros días de Noviembre. Instalo la mesita sobre la vereda y coloco sobre ella la máquina "Remington". Encuadro la primera hoja y entonces ........ la espero, siempre la espero.
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