CARLOS GERMAN BELLI
O el poeta que vivía fuera de la ley, o el escritor aviador o el aficionado a la pesca y los safaris. Claro está, son algunas particularidades adicionales, ciertos comportamientos y aficiones, que distinguen al creador más allá de los confines de la página en blanco, que sí es la piedra de toque de su identidad. Evidentemente todo aquello son rasgos singulares, y han bastado para recordar algo menos espectacular, algo que está más al alcance de quienes somos unos pobres mortales. Prefiero enseguida rumiar una afición esporádica que solía practicar Jose María Eguren, que nunca fue transgresor, ni aviador, ni cazador, y en cambio sí un andarín a secas. Que su purísima vida puede quedar caracterizada no más por un simple hecho, como era su costumbre de caminar a campo traviesa entre Barranco, balneario en que residía, y Lima donde trabajaba en la biblioteca del Ministerio de Educación. Precisamente, gracias a un fulano egureniano, he pensado en el autor de Simbólicas. El fulano aquel hace tiempo que no lee los versos de nuestro poeta, sino que éste suele caminar a diario, conforme a la inapelable prescripción médica, y no por el dictado de las musas. Helo allí con varios puentes coronarios en su interior, y por lo tanto debe andar una hora cada día, y sin darse cuenta lo emula así en cierto modo. El fulano es muy orgulloso, como tantos otros, y proclama que nunca ha imitado a nadie, pero el destino le ha dado una lección y ha hecho que también sea un caminante, como el simbolista peruano. Vayamos por partes, que hay claras diferencias entre uno y otro. El andarín de nuevo cuño no va a campo traviesa, y sobre todo no es un escudriñador de la naturaleza, la cual podía aquilatarla cuando da vueltas y vueltas en el parque cercano a su casa. No le llaman la atención los girasoles, el arrullo de las palomas le entra literalmente por un oído y le sale por el otro, y le vuelve las espaldas a las polícromas mariposas. Evidentemente, nada de lo que hacía Eguren, quien a lo mejor iba con un lápiz y una libreta para apuntar al instante sus impresiones y dibujar lo que con asombro descubría. Únicamente observa su reloj para medir el tiempo que viene caminando, y satisfecho piensa que lo que está haciendo le sirve para recuperar su buena salud de antes, y en consecuencia pueda seguir viviendo en el seno del mundo visible. Y repetimos que no obstante tales limitaciones de hombre prosaico, nuestro fulano es un fervoroso admirador de la vida y obra de Eguren. Sin embargo, pese a ello, para él es enteramente igual discurrir por una calle cualquiera o por el bello parque que tiene a la mano. No es el que aprovecha el escenario natural para afinar sus sentidos embotados por habitar siempre en la ciudad. A este pobre ser, tan grisáceo y ramplón, lo que le preocupa al final de cuentas es que sus colegas caminantes, con quienes ocasionalmente se cruza, tengan todos un paso largo y firme, y que en un par de zancadas lo dejen atrás sin contemplaciones. Hasta parece que quisiera evaporarse cuando uno de esos campantes tragadores de leguas resultan a ojos vistas contemporáneos de él. El fulano egureniano ha resuelto no mirar ni de reojo a sus compañeros de ruta, que pasan casi rozándolo, con andar elástico, rítmico y creciente, y opta más bien finalmente por escudriñar cada tesoro de la madre natura. En vez de persistir en equipararse con esos andarines, ha llegado a la conclusión de asimilar el ejemplo del escritor admirado, y entonces ya no desperdicia la ocasión cada vez que discurre cerca de los añosos árboles y agradables girasoles, de las huidizas palomas y primaverales mariposas, y ahora sí se obstina en enriquecerse con todos estos enigmáticos seres, igual que el sabio y buen Eguren, quien vivía sin pensar en caminar más rápido que sus semejantes, de quienes justamente hoy no sabemos ni una jota. Colaboración especial del autor.
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