JORGE DÍAZ HERRERA "Maribel espera en la estación de Aranjuez. Cuando
en los jardines de¡ príncipe dan las cuatro de la tarde, el corazón de Maribel es una
muchedumbre. Ella está en su cita, y él a punto de llegar. Sus miradas brincan entre los
rostros de quienes descienden del tren. Y el tren que vino, se va. Maribel está al ?borde
de las lágrimas. Pero la fortaleza de aquel amor nacido para perdurar la convierten en la
mujer irreductible contra cuya esperanza nada han podido las reflexiones ni las iras de
don Aristóbal: Maribel descubre, en la fuente de la plaza, que el murmullo del agua es la
cara buena de la monotonía. Las palomas están ahí porque ellas también son parte del
silencio perpetuo de las estatuas. La tarde crece, y ella se reparte entre las alcobas de
los solitarios. Maribel es delgada, tiene los cabellos largos y la mirada inquieta, como
si en lugar de ojos tuviera peces. Cuando ríe con su cabellera suelta de mujer desnuda
entre las caricias de sus fugaces dueños, Maribel baila al compás de la sinfonía que
todas las tardes, a las cuatro, la llena de rubores en la estación de Aranjuez.
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