Boletín Cultural de la Sociedad Peruana de Cardiología : Agosto-Setiembre 2000

EL BANQUETE GEOGRÁFICO

CARLOS GERMAN BELLI

En el banquete geográfico hay quienes han resultado favorecidos con los mejores platos y en cambio otros no más con unas simples migajas. Pero mejor digámoslo no tan oblicuamente: en el reparto terrenal, unos resultaron habitando en los continentes, en cambio otros en las islas, que muchas veces no son grandes si no chiquitas. Persistamos en la caprichosa metáfora del comienzo: para la mayoría de nosotros los mejores potajes ? inconmensurables superficies, larguísimos ríos, empinadas montañas, urbes y más urbes ? en cambio, para la minoría, un puñado de migajas esto es, los archipiélagos, las islas medianas o pequeñas, en fin, los islotes.
En esto hemos concluido pensando acerca de las islas, que ante todo se les suelen considerar como el exacto símbolo del aislamiento, la muerte y la soledad. Naturalmente la terrible idea debe haberse amortiguado a partir de los progresos del siglo que culmina, aunque se puede sospechar que tal vez siga anidada en el inconsciente de sus habitantes. En el soterrado sentimiento de la insularidad, sin embargo constituyen puntos que fueron escalas desde cuando empezaron a abrirse las primeras rutas milenarias.
No pensamos en los grandes países isleños que han podido proyectarse a cada rincón del planeta. En cambio, sí se nos agolpan en la memoria esas pequeñas islas diseminadas en los mares como unas migajas sobre la mesa. Allí, entre las aguas y los aires, resultaron configuradas no sabemos si instantáneamente desde el día de la creación o a pausas a lo largo del tiempo. Minúsculas como las uñas o como la palma de la mano, con sus hombres y sus mujeres, algunos de los cuales pasan sus vidas allí, sin poder irse a otra parte, por más que vean puntualmente partir los raudos aviones, zarpar los barcos o escudriñar el impenetrable horizonte.
Pensamos en Tenerife y en Patmos, no más donde alguna vez estuvimos unos días o lamentablemente unas horas. Si, en efecto, ambas pequeñas, ambas revestidas por su cuatro lados de aquellas particularidades simbólicas, sin duda tan escalofriantes y que son el nítido espejo de la insularidad, aunque de inmediato hay que dar fe de que allí por ejemplo la secreta ley de las compensaciones, que a veces rige el destino humano, obra en toda su magnitud. Porque el aislamiento que padecen está en realidad contrapesado de la manera más extraordinaria, hasta increíblemente.
Les ha tocado ser comensales de un banquete acaso superior como es el de la historia y de los mitos.
Naveguemos lentamente hacia allá, primero desembarcaremos en Tenerife (que podría ser La Gran Canaria, Lanzarote u otras islas canarias, que en este mismísimo Jardín de las Hespérides, que aquí en el valle de la Orotava floreció justamente con sus deslumbrantes manzanas de oro y acto seguido, avanzamos y entramos de lleno en el propio suelo de la Atlántida. Estas islas, con exactas trazas de migajas, son pues vestigios de aquel desconocido continente sumergido.
He aquí, Patmos, otra isla chiquita del mar Egeo, sin embargo, pese a su tamaño insignificante, es el umbral de los umbrales para millones y millones de personas que la tienen presente, cuando recordamos que hasta allí llegó San Juan y que en una oscura gruta escribió el Apocalipsis, imborrable e indescifrable no obstante el par de milenios transcurridos. No tanto por el tiempo sino por lo extraordinario, la historia no sólo le pisa los talones al mito sino que se convierte en él y en consecuencia, la piedra sobre la que escribió Juan se transforma en el oro de las Hespérides.
Palpamos Tenerife y Patmos, por ejemplo, y una vez más vemos que las esencias vienen en pomos chicos, según comúnmente decimos con mirada de asombro. Aunque he terminado extraviándome, como era de esperarse, entre un sinnúmero de milenios, estoy contento porque acabo de recordar también que los pajarillos suelen alimentarse de migajas. Y por nuestra propia insularidad ? a causa del modo de ser de uno ? comprendemos muy bien a los isleños verdaderos y al recordarlos hemos husmeado, a duras penas lógicamente, el pasado de donde nacen, viven y mueren. Las migajas del banquete geográfico se les convierten a ellos y a mí también ? aunque habite en la tierra firme de un continente? en las migajuelas que nos alimentan mejor que cualquier potaje.