| Revista Peruana de Biología
Vol. 7 Nº 2
2000 |
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OBITUARIO
RECUERDOS DE UN GRAN
MAESTRO
Por: Armando Yarlequé
El 1 de diciembre del año pasado
falleció el Dr. Ernesto Melgar Salmón, profesor de Bioquímica de la Universidad de San
Marcos y pionero en el país en las investigaciones sobre los ácidos nucleicos, el
material genético de los seres vivos. Su repentino fallecimiento ha dejado una estela de
pesar en la comunidad científicas peruana y nos ha llamado a una profunda reflexión
sobre la obra de este gran maestro universitario, quien desde muy joven cosechó los
éxitos de su trabajo profesional y también se enfrentó a los innumerables problemas que
como seres humanos nos toca vivir en un mundo lleno de conflictos y cambios inesperados.
Haber conocido muy de cerca al Dr. Melgar me permite reseñar algunos aspectos del
temperamento, la personalidad y los conocimientos de este singular científico cuyo modelo
he tratado de seguir.
Corría al año de 1969 y el gobierno de
facto del general Velasco había cambiado la estructura académica de las universidades.
Las Facultades habían desaparecido y en su lugar se crearon los Programas Académicos,
que eran en buena cuenta las carreras profesionales y los Departamentos Académicos, en
los que se agrupaban los profesores de disciplinas afines. Fue esta coyuntura que
determinó que el curso de Bioquímica para la promoción "Octavio Velarde
1970", a la que pertenezco, lo organizara el Departamento de Bioquímica y
Fisiología cuyo jefe era el Dr. Marino Villavicencio, actualmente radicado en Brasil.
Debo reconocer que mis dotes memorísticas se habían doblegado frente a la abundancia y
prolijidad de los datos taxonómicos recibidos en los cursos previos y, como siempre
ocurre en nuestra época de estudiante, ese curso fue el punto inicial de mi vida
profesional. Recuerdo que la jefe del curso era la Dra. Rosa Vásquez y entre los
participantes destacaba el profesor Orestes Málaga, actual Director de Asuntos
Académicos de nuestra Facultad. El Dr. Melgar nos dictó el capítulo sobre ácidos
nucleicos, y habiendo regresado hacía pocos meses de la Western Reserve University de
Cleveland, Ohio en USA, donde trabajó sobre el tema, sus conocimientos acerca de la
estructura del DNA eran frescos y abundantes; además poseía una didáctica que
impresionó a todos en general y a mí en particular. En esa época los estudios sobre la
clave genética estaban en plena ejecución a raíz de los trabajos de James Watson y
Frances Crick, ganadores del premio Nobel en 1962 al elucidar la estructura secundaria del
DNA.
El Dr. Melgar era un profesor muy peculiar, pues su voz potente y emotiva contrastaba con
espacios de absoluto silencio que a nosotros nos permitía captar y analizar lo dicho por
él. Se paseaba por el salón de clase, movía las manos con mucha energía, gesticulaba y
hacía bromas de las que él mismo disfrutaba con una risa estentórea y prolongada. A
veces nos contaba breves aspectos de su asistencia a reuniones internacionales, como el
curso sobre energía atómica en la India o la azarosa reunión en Israel que coincidió
con la llamada "Guerra de los Seis Días", que enfrentó a ese país con Egipto
y en la que involuntariamente se vieron involucrados los científicos que asistieron a
dicho evento. Allí nació mi amistad con él y mis visitas cada vez más frecuentes al
Instituto de Bioquímica y Nutrición que funciona en la Facultad de Medicina donde
admiró las facilidades del laboratorio y de equipos que tenían a su disposición los
investigadores de ese Instituto. El Dr. Melgar me recibía muy cordialmente, pero muchas
veces en plena conversación salía presuroso de su oficina para atender experimentos
indescifrables para mí y que se ejecutaban en el laboratorio. Siendo un Instituto en
realidad muy selectivo, pues trabajaban profesionales de gran calificación, sabía que
mis posibilidades de hacer mi tesis de bachiller en ese lugar eran mínimas, pero cierto
momento tomó la decisión y le pedí que me diera esa oportunidad. Se quedó pensando
varios segundos y finalmente me dijo que leyera mucho sobre el tema de las enzimas
nucleolíticas y que esperásemos a la Dra. Beatriz Lizárraga quien estaba en Chile.
En este momento quiero detenerme brevemente para hacer una reflexión importante, ahora
que estamos en una recuperación plena del trabajo universitario de acuerdo con la ley que
establece la participación estudiantil en los órganos de gobierno de la Universidad. En
algunas ocasiones se cometieron excesos lamentables, utilizando la buena fe del estudiante
y sus escasos conocimientos de las calificaciones personales y profesionales de sus
profesores. Digo esto porque nosotros, como promoción, habíamos recibido información
negativa sobre la Dr. Lizárraga y que a raíz de la conversación con el Dr. Melgar me
hizo temer las dificultades que tendría para hacer mi tesis; no sabíamos, por ejemplo
que la Dra. Lizárraga había realizado sus estudios de Maestría en la Universidad de
Indiana, nada menos que en la misma universidad de Salvador Luria y James Watson, dos de
los más grandes científicos del mundo y que después de ello viajó a Chile para
realizar un post-grado en el laboratorio del Dr. Carlos Basilio; por ello los datos que a
veces uno recibe como estudiante de personas simplemente dedicadas al quehacer político y
no al académico pueden causar confusiones como la que estoy señalando. Como sabemos, la
Dra. Lizárraga es actualmente, con todo merecimiento, la Vicerrectora Académica de la
Universidad.
Un día de los tantos que fui al Instituto en busca de información bibliográfica y
tratando de que algún profesor me ayudase a traducir un artículo, conocí a una
profesora que no sólo me prestó su ayuda sino que me invitó a seguir visitándola para
cualquier duda que tuviera. Su actitud jovial, afectuosa e interesada en apoyarme me hizo
preguntarle, después de varias visitas, cómo se llamaba; era la Dra. Lizárraga.
Lo que continuó fue un aprendizaje sucesivo y vertiginoso al lado de un científico
admirable como el Dr. Melgar, médico de profesión pero biólogo de corazón, quien era
muy rápido para explicar y diseñar experimentos y muy exigente para evaluar los
resultados del trabajo. Las muchas dudas que me quedaban mientras trabajaba eran disipadas
a veces con lentitud por el análisis que hacía de toda la información recibida y en
otros casos por la maternal y comprensiva actitud de la doctora Lizárraga, quien me
explicaba en forma prolija detalles que no alcanzaba a entender. El Dr. Melgar leía mucho
y trabajaba muchas horas al día, era un hombre muy sencillo, con amplia cultura, muy
locuaz y enérgico en sus convicciones, pero también era muy peculiar, pues a veces se
tornaba taciturno y alejado de lo que lo rodeaba; en esos momentos era preferible no
hablarle porque a pesar de estar frente a uno simplemente no escuchaba. Siempre admiró su
elocuencia y facilidad Para escribir en especial artículos científicos en inglés,
idioma que en ese entonces me era muy lejano. Su habilidad Para actuar como intérprete en
las numerosas conferencias que se dictaban en el Instituto era impresionante no sólo por
su gran capacidad de retener lo que decía el expositor, sino porque le añadía su propia
explicación ampliatoria para mejor entendimiento del oyente. Aprendí de él a valorar el
esfuerzo y el trabajo del estudiante y del que se inicia en el campo de la investigación;
también aprendía a publicar la información respetando escrupulosamente al autor, es
decir, a quien estaba efectuando el trabajo; así mismo fui entendiendo cómo preparar
cuidadosamente los diversos ensayos experimentales, a buscar las soluciones cuando falta
un equipo o un material determinado usando como herramientas el ingenio y el conocimiento.
La presentación de los trabajos en congresos se realizaba previos ensayos en los que,
como expositores novatos, éramos sometidos al duro procedimiento de recibir una andanada
de preguntas y críticas tendientes a corregir nuestros numerosos defectos, y repetíamos
la exposición hasta tener la conformidad de los asistentes.
Toda esta vasta experiencia adquirida en base a un formidable modelo científico
indudablemente nos sirvió a todos quienes tuvimos la oportunidad y la suerte de aprender
del Dr. Melgar. Un ejemplo de este exitoso modo de enseñanza lo tenemos en el Dr. Carlos
Bustamante, recientemente nominado profesor honorario de la Universidad, un científico de
muy alta calificación y que actualmente es profesor de la Universidad de Oregon; tal vez
el Dr. Bustamante sea el representante más notable de la escuela establecida por el Dr.
Melgar.
En sus 64 años de vida, el Dr. Melgar ocupó numerosos cargos académicos y
administrativos, y fue uno de los profesores que propició el actual esquema de las
orientaciones en esta Facultad; también impulso vigorosamente la creación de las
Maestrías en Bioquímica, que se iniciaron en 1971. Fue Vicerrector Académico de la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos desde 1985 y alcanzó el Rectorado en 1986;
también fue un destacado miembro del Consejo Nacional de Investigaciones (ahora CONCYTEC)
y realizó numerosos viajes al extranjero Para exponer sus investigaciones o en
representación oficial de instituciones del país; fue también un incansable impulsor de
la División Bioquímica de la Sociedad Química del Perú, y su gran experiencia le
valió, en los últimos años, ser integrante de la Comisión Reorganizadora de la
Universidad Nacional Federico Villarreal. Siempre fue un hombre muy critico, buscador de
la excelencia académica, respetuoso de los valores docentes y científicos de sus
colegas, muy poco dado a los elogios; sólo en junio del 2000, actuando como presentador
de mi libro Las Serpientes Peruanas y sus Venenos, dijo palabras halagadoras y
reconfortantes alusivas a mi trabajo de tesista, las que me impresionaron no sólo por
tratarse de una persona de su calidad, sino por los casi 30 años transcurridos, época.
Me siento orgulloso de haber sido su discípulo y me esfuerzo cada día en usar sus
enseñanzas, talento y habilidades científicas.
¡Descanse en Paz, Dr. Melgar, porque todos los que fuimos parte de su escuela seguimos
trabajando Para engrandecer su nombre y perennizar su imagen!
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