ALBERTO HURTADO Y SU INTERÉS EN LO
POBLACIONAL*
( 1901- 2001 )
José Donayre Valle
Ex funcionario del Fondo de Población de las Naciones Unidas.
Ex miembro del Instituto de Investigaciones de la Altura.
En el curso de este año y con ocasión
del centenario de su nacimiento, hemos rendido homenaje a uno de los más representativos
hombres del Perú, de su ciencia, su academia y, por encima de todo, de su construcción
institucional universitaria. Hemos escuchado a muchos de sus discípulos y colegas
relatando incidencias de su vida de estudiante en el Perú y fuera de él; de su entorno
familiar en que se desarrolló y el que supo formar; exaltando su obra de investigador, su
vida docente, su emergencia como una figura equilibrante en la agitada historia de la
universidad peruana. Hemos recordado, en tiempos realmente oprobiosos para el país, su
adhesión a los principios que forjan a la persona, a la familia y a las instituciones
sociales, que rigen o debían regir igualmente la actividad política y de servicio al
Estado y a la Nación y lo hemos visto reconocido, vigente, sin mácula, en todas sus
variadas actividades.
Se ha analizado su obra científica en los múltiples temas que manejó, desde los más
directamente relacionados con su interés hasta los que apoyó y animó reconociéndolos
como importantes para descifrar la fisiología y fisiopatología del hombre de la altura
tanto como para resolver problemas de carácter nacional. Entre éstos últimos, se ha
destacado su rol en la protección de los trabajadores, particularmente mineros tras su
experiencia como médico en La Oroya. En relación con este tema, este año hemos visto
recuperarse, por iniciativa especial de quien nos convoca hoy a saludar el recuerdo del
Profesor Hurtado, el Dr. Roger Guerra-García, el Instituto de Salud Ocupacional que él
originó desde el Ministerio de Salud cuando ejerció el cargo de Director General.
Pero hay un tema que no debiera pasar desapercibido porque revela a Hurtado, al hombre en
su contexto social, el que no se aísla en la resolución del caso individual cuando
ejerció el trabajo médico, ni más tarde en el laboratorio o en los despachos
universitarios. A esa característica seguramente respondió su corto paso por la
administración pública cuando le tocó desempeñar el cargo de Ministro de Estado en el
despacho de Salud Pública y Asistencia Social. Es esta una faceta especial que ha sido
resaltada en forma por demás elocuente por Tulio Velásquez en páginas recientes de Acta
Herediana dedicadas a su memoria' . El escribe sobre la profunda identificación
espiritual que percibió Hurtado tenía con el problema del hombre andino y sobre la
preeminencia de sus motivaciones humanas sobre sus propios hallazgos científicos,
afirmando que Hurtado "estudió y trabajó por el hombre peruano con la mirada vuelta
hacia el hombre que vivía en su propio interior y su pasión en la búsqueda de la verdad
tenía el acento ", dice casi líricamente el propio Velásquez, "de aquella
mística con que los poetas crean el misterio de su relación con lo ignoto". Dice
también que "por encima de sus extraordinarias cualidades de científico, está
ciertamente su cualidad de hombre".
Esta apreciación de Tulio Velásquez no hace sino explicar por qué el Profesor Hurtado
fue capaz de involucrarse a sí mismo y a la institución que creó y en la cual creyó
profundamente, en otro problema de significación nacional. En realidad, a la distancia de
más de tres décadas y reconociendo el grado de su sensibilidad social, uno se da cuenta
que no habría podido ser de
Charla dada por el Dr. José Donayre Valle en el Instituto de Investigaciones de la Altura
el 5 de Setiembre del 2001 con motivo del centenario del nacimiento del D.r Alberto
Hurtado
otra manera. El tema a que me refiero es el tema que da título a esta breve exposición y
que significó al Profesor Hurtado el tomar una decisión que era, a la vez, de carácter
ético, científico, político-social y, significativamente importante para él, hasta de
carácter ideológico-religioso.
Es importante detenerse a revisar brevemente cuál era la situación poblacional del Perú
en ese entonces. Se daban, al iniciarse la década de los años 60, dos fenómenos
concomitantes. Uno era una alta tasa de crecimiento de la población que se mantenía
alrededor del 3 % anual determinando que la población del país, en ese entonces de 10
millones doscientos mil, de mantenerse esas tasas, pudiera duplicarse en menos de dos
décadas. Era la época en la cual las posiciones ideológicas se concentraban en el
fenómeno de la así llamada "explosión demográfica" por los Ehrlich'; con las
tendencias de izquierda acusando a los movimientos controlistas nacionales e
internacionales de "neomaltusianos", reviviendo la controversia de un siglo
anterior entre Malthus y Marx. Época en que también la Iglesia Católica los combatía
con igual energía aunque con argumentos diferentes dirigidos a condenar las prácticas de
la planificación familiar como una infracción al designio del Creador de poblar la
Tierra y una evasión del principio de la ley natural en la reproducción.
El otro fenómeno, también de carácter demográfico y social, se refiere a la sorpresiva
emergencia del agudo proceso de urbanización en el país y su correlato inmediato de una
acelerada tendencia a la migración con dirección campo-ciudad y esencialmente
sierra-costa. Y digo sorpresiva porque el Perú, a pesar de haber sido promotor en el seno
de las Naciones Unidas de los censos decenales, no siguió a su primer censo moderno de
1940 con uno en 1950 y tuvimos que esperar hasta 1961 para enumerar nuestra población. Es
interesante apuntar que quien promovió los censos decenales en la ONU fue el Dr. Alberto
Arca Parró, de distinguida huella en la demografía del Perú y quien también es
recordado coincidentemente este mes en el centenario de su nacimiento. En ese interregno
de veintiún años entre censo y censo, aunque había algunas señales evidentes de que,
por lo menos Lima, comenzaba a experimentar desusadas incidencias de expansión
demográfica ligadas a las migraciones, señales tan visibles como las invasiones
originales descritas y analizadas por José Matos Mar en 19573, el país se transformaba
de un país predominantemente rural, agrícola, en un país urbano, apenas industrial
manufacturero. Los resultados del Censo de 1961, hechos públicos en los siguientes años,
acercaban a la población urbana a casi la mitad y ese proceso se ha acelerado hasta
nuestros días, cuando la población urbana representa más de los dos tercios de la
población nacional.
Fue este el país, demográficamente hablando, que encontramos quienes llegamos al
Instituto de Investigaciones de la Altura, dirigido por el Profesor Hurtado para trabajar
en su Departamento de Endocrinología encabezado por nuestro recordado Federico Moncloa.
Coincidíamos tres de nosotros en la Universidad y en el Instituto luego de haber hecho
estudios de post-grado en varias instituciones clínicas y de investigación en áreas
afines. Pronto, como resultado de nuestra exposición a las condiciones en que se daba la
vida de los pobladores de Cerro de Pasco tanto como a los problemas derivados de la alta
fecundidad de nuestro Ande, comprendimos que nos cabía una responsabilidad en la agitada
discusión de esos días. Dentro de la Universidad, para movilizar sus capacidades, y
fuera de ella para traer claridad a un tema tan ligado a las opciones del desarrollo
nacional en un momento en que un nuevo régimen democrático parecía auspicioso para
emprender un trabajo serio de renovación del país. Federico Moncloa se adhirió
plenamente a esta decisión y puso su conocimiento, entusiasmo y seriedad en esta empresa.
Es menester retrotraerse a esas circunstancias, sociales por un lado e institucionales por
el otro, para apreciar el valor de la decisión de Alberto Hurtado de permitir que el
Instituto de Investigaciones de Altura y la Universidad tomaran parte en el candente
diálogo de entonces. Se trataba de organizar un Simposio sobre el tema confrontando las
tesis en discusión, llamando la atención a los retos que un crecimiento acelerado de la
población imponía sobre los aspectos sociales y económicos del desarrollo y convocando
a personas directamente relacionadas con los sectores en discusión. Además de ello, se
planteaban estudios de carácter demográfico y social enfocados sobre la fecundidad en la
ciudad de Cerro de Pasco y, al mismo tiempo, intervenciones para suplir la demanda por
planificación familiar que advertíamos en su población.
Las evidencias de carácter técnico y científico fueron fácilmente apreciadas por el
Profesor Hurtado y sirvieron, sin duda, para equilibrar los factores ideológicos que, en
cierto modo, hacían del propósito una suerte de incursión en un campo minado para una
Universidad de reciente fundación, a pesar de sus significativos éxitos y el respeto que
comandaba en la opinión pública. Parte importante de esta decisión fue facilitada por
la posición afirmativa que tomaron muchos profesores de la Universidad, algunos de ellos
incorporados a responsabilidades de Estado en el promisorio gobierno de entonces. Hasta
ese punto el Profesor Hurtado respondía a su concepción social de la acción médica y a
su manifiesta preocupación por el hombre en su sociedad. Podría agregarse que una
actividad de esta naturaleza respondía a la sensibilidad que desde sus épocas en La
Oroya había dejado de percibir con claridad y encajaba en forma natural en su proclividad
a pensar en soluciones aptas para los problemas del común de las gentes además y más
allá de las grandes soluciones para los grandes problemas, las que muchas veces pecan de
grandiosos y resultan de limitado efecto a nivel microsocial.
Sin embargo, el gran dilema para Hurtado fue, indudablemente, el que le imponía su fuerte
convicción religiosa. Debemos recordar que fue por muchos años y en esa misma época,
miembro de la Academia Pontificia de Ciencias del Vaticano a cuyas sesiones viajaba
anualmente. Hurtado era pues un hombre profundamente católico, no sólo en sus
manifestaciones públicas de creyente y practicante sino también y más
significativamente aún, en sus hondas convicciones y prácticas personales. El hombre de
principios que hemos admirado desde que conocimos de sus actos y al que hemos visto
ensalzado en este año de su centenario, reposaba en una urdimbre religiosa y de soporte
fuertemente católico. Pero él no era ni pacato, palabra del RP Felípe Mac Gregor SJ4 al
referirse al carácter de la fe en Hurtado. El que así lo describía con acierto fue no
su consultor o su consejero sino más bien su parangón, su paralelo espiritual, como lo
fue en política el Presidente José Luis Bustamante y Rivero. No era tampoco
fundamentalista como otros que exhiben su religión como armadura y escudo pero también
como ariete y como lanza de Cruzado. Hasta en eso era serio y bien centrado y como hombre
de ciencia no podía ser dogmático ni impositivo. Las múltiples y considerablemente
complejas discusiones que tuvimos nosotros y muchos otros con él, como relata Luis
Sobrevilla en su nota 'Población y Altitud" en estas mismas sesiones en el Instituto
de Investigaciones de la Altura, unas de apariencia simple y directa, algunas en forma de
preguntas aisladas, otras de mayor fondo dependiendo del interlocutor, revelan la
búsqueda consciente no de una justificación sino de los anclajes del tema en sus
concepciones religiosas.
Las palabras que usó para inaugurar el Simposium de abril de 1965, más de 36 años
atrás revelan la seguridad personal a la que llegó en el tema y la estructura que le dio
en su interior.
Decía el Profesor Hurtado al iniciar su intervención: "Entre los objetivos más
importantes y fundamentales que deben normar la labor de toda institución universitaria,
está el de contribuir al progreso de los conocimientos que cultiva y enseña. Tal
objetivo se torna ineludible cuando concierne a problemas de orden nacional, pues es la
Universidad el centro donde se despierta el interés y se procede a la adecuada
preparación de quienes más tarde tendrán la inmediata responsabilidad de
solucionarlos".
Dice también que: "La Universidad Peruana Cayetano Heredia, desde su fundación, se
ha interesado vivamente en el estudio de la realidad del país" Y procede a asociar
los estudios clásicos de los efectos de la altitud, con sus concomitantes de carácter
social diciendo lo siguiente en dos momentos de su intervención:
"Hasta hace un corto tiempo, los estudios en este campo médico y biológico estaban
casi exclusivamente dirigidos al mejor entendimiento de los fenómenos de aclimatación y
su eventual perturbación". "Cabe señalar, sin embargo, que los problemas de
fertilidad y reproducción en la altura están asociados a otros de índole general que
han suscitado últimamente un gran interés y atención universal. Nos referimos a
aquellos concernientes al ritmo de crecimiento de las poblaciones en relación con las
posibilidades de subsistencia y progreso, posibilidades que se derivan de las condiciones
físicas, sociales y económicas del medio en que el hombre se multiplica y crece ".
En el resto de su discurso, el Profesor Hurtado, apunta a la importancia de fomentar el
diálogo y la expansión del conocimiento a partir del Simposium y espera de sus
participantes planteamientos de acción estatal para el desarrollo de las áreas que, en
último término, en las décadas que siguieron al evento constituyeron la fuente de los
procesos demográficos del país.
Sirvan estas líneas para resaltar una vez más en este año tan significativo, la solidez
y la autenticidad del lado humano y social del Profesor Hurtado y agradecer personalmente
y a nombre de los cuatro que propusieron y organizaron el Simposium, la noble y valerosa
actitud que nos permitió luego incursionar en variadas formas en la historia del tema en
el Perú. Sin su apoyo y comprensión, sin la posibilidad de compartir de su visión del
hombre en su sociedad, posiblemente habríamos optado por permanecer en los sanos campos
de la investigación y en la tranquilidad relativa del laboratorio que muchas veces hemos
extrañado.
Bibliografía
* Charla dada por el Dr.
José Donayre Valle en el Instituto de Investigaciones de la Altura el 5 de setiembre del
2001 con motivo del centenario del nacimiento del Dr. Alberto Hurtado
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